domingo, diciembre 19, 2004

GEORGES SIMENON

En 1933, cansado de ser considerado un escritor menor y después de firmar un importante contrato con Gallimard, Georges Simenon se decidió a conquistar una reputación de “escritor serio”, hasta entonces esquiva. Supuestamente, El hombre de Londres debería ir en la senda de esa gran gran novela que Simenon pudo haber escrito. Sin embargo, es más de lo mismo. Lo cual no es poco: Simenon sabía muy bien construir obras policiales clásicas e irrefutablemente escritas (de las que además, escribió montones: 220, de las cuales 84 tienen al inspector Jules Maigret en el protagónico). En esta obra, el belga cuenta la historia de un guardabarrera –“guardagujas”, según la traducción– que debido tanto a la visión panorámica de su trabajo como a su torpeza se ve envuelto en un crimen. Así es que, de a poco, Simenon va dejando mostrar cómo se va viniendo la tragedia y cómo a cada paso el protagonista pudo evitarla y no hizo más que caer de lleno en ella. Lo curioso es que –como indican los manuales del género de suspenso– nunca la historia se enfoca propiamente en el hombre de Londres (que resulta ser un artista de circo, que, por lo poco que se sabe, se convirtió en criminal casi por casualidad), qué piensa, en qué anda y cuál va a ser su próxima acción. La historia transcurre en la ciudad portuaria francesa de Dieppe y los cinematográficos escenarios elegidos por Simenon para esta perfecta novelita son: un puerto, la garita del ferroviario, bares, el Moulin Rouge y lugares así. Como anexo, Simenon se las arregla para contar lateralmente la convivencia en una familia obrera de entreguerras, y termina confirmando que finalmente el crimen es algo banal.

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